Más sobre educación: VictoriaMatamoro 1. La Relación Humana y la Educación Hablar de relación humana en educación implica afirmar que, siendo toda persona una entidad con derecho a la educación, debería tener asegurado el acceso a los mismos espacios y las mismas oportunidades para todos los hombres, sin distinciones de ninguna índole. Entre los componentes de la relación humana, queremos destacar dos que son esenciales para garantizar que la relación se entable a partir del respeto mutuo de la condición humana: el concepto de vínculo y el de comunicación. Cuando hablamos de vínculo queremos decir que el tipo de relación humana que se da en un proceso educacional es estable, profunda (pues integra conciencias y no sólo conductas), permanente (pues permanece más allá del tiempo y la distancia; no depende de estar "en presencia del otro") e implica una incorporación afectiva e intelectual del otro que nos permite confiar en su "estar activo". La calidad humana de los vínculos que una persona logre construir en sus primeros años de vida (en especial en su primer año) es la base de su desarrollo psicológico: de su nivel de seguridad o inseguridad ante las distintas situaciones a que se enfrente; de su grado de ansiedad frente a lo desconocido; de su capacidad de aprendizaje; en fin, de su vitalidad y su salud (física, afectiva, intelectual y social). Decir que es la base de su desarrollo psicológico explicita la calidad del vínculo como la fuente de la energía afectiva que lo impulsa a vivir y a buscar un crecimiento individual y social ininterrumpido. Los vínculos no son esenciales únicamente en la infancia; lo siguen siendo durante toda la historia de cada persona. Tal vez, exagerando un poco, podríamos decir que para conocer a una persona nos alcanza con saber cómo son los vínculos que establece con los demás. En cada nuevo vínculo que una persona entabla, siempre pone en juego todos sus marcos referenciales (afectos, conocimientos, habilidades, actitudes). Los vínculos estables en todo proceso educacional son múltiples y variados y conforman redes vinculares sostenedoras y reforzadoras de ese proceso. Surgen vínculos con quienes enseñan pero también con otros que aprenden, con el grupo de pertenencia, con el grupo familiar, con el objeto de conocimiento y su historia, con miembros de la comunidad, con la proyección del saber, con el aprendizaje en sí mismo y con el resultado del aprendizaje... Ahora, hablemos de comunicación. Si bien el concepto de comunicación está implícito en el de vínculo, conviene que se lo explicite en forma separada para lograr un acuerdo en relación a qué tipos de intercambio se incluyen bajo este nombre y cuáles son los criterios que debemos considerar para pensar en una comunicación promotora de procesos educacionales. Dado que la comunicación es un acto social que involucra a dos o más personas en una situación determinada, nos estamos refiriendo a la comunicación humana no desde la clásica teoría que sólo habla de un proceso lineal, biunívoco basado en el logro de una cadena de estímulos y respuestas sino desde aquélla que postula que es un proceso complejo, en continua evolución y crecimiento, donde los dos polos de la comunicación interactúan dentro de un marco mayor influenciados, enriquecidos, estimulados por él y cuyas características son el diálogo, el intercambio, la voluntad de compartir experiencias y conocimientos, la búsqueda común y la integración. Hablamos de la teoría que analiza como un todo la situación en que se da el proceso de comunicación; que contempla al mensaje como el contenido más abarcativo que se da entre las personas y que supera lo explícito, que implica lo subjetivo con todas sus connotaciones (la propia historia, el valor de la comunicación en su medio, las experiencias de comunicación previas, los prejuicios, los mitos, los miedos, las representaciones, los símbolos, los valores, las pautas culturales, los conocimientos, el lenguaje común, los códigos...) y que requiere de la capacidad de escucha, de la empatía y de la participación. Esto significa, por un lado, escuchar al otro con la actitud de comprender desde dónde nos está hablando y, por otro, ser escuchados con la misma actitud. También significa tener incorporada a la comunicación como un proceso humano enriquecedor, estimulante y generador del conocimiento, del pensamiento y de los vínculos. Y, además, significa tener el deseo de comunicarnos. Estos tres elementos (capacidad de escucha, empatía y participación) constituyen la base del diálogo, sumado al reconocimiento de la intencionalidad de esa comunicación y del objetivo de la misma. La comunicación como base del proceso educacional significa que la persona se va educando a lo largo de una práctica social. Es decir, va construyendo y asimilando el conocimiento a medida que reflexiona con el otro sobre su práctica, se va facilitando la autoexpresión que les permite comprender y formular las pautas de su relación y generar las interconexiones que promueven el intercambio de experiencias, ampliar el ámbito de reflexión, llegando incluso a la toma de decisiones en común, generando así la participación. En este modelo, la comunicación no se define desde lo tecnológico puro, sino a partir de las interacciones generadas por los seres humanos, sean éstas cara a cara o mediatizadas (a distancia). Sintetizando, para que se dé la comunicación es necesario tener aptitud y capacidad para comunicarse, pero fundamentalmente la actitud que supone la voluntad de entrar en comunicación con nuestros interlocutores, establecer vínculos equitativos, igualdad de oportunidades en opiniones. Ambos -los conceptos de vínculo y de comunicación- nos son necesarios para comprender los procesos y los resultados que se alcanzan con el aprendizaje y por ende con el proceso educacional. ¿Por qué nos son necesarios? Una de las razones es que el estilo de vínculos y de comunicación de todos los involucrados en el proceso educacional, proporciona el marco del aprendizaje, sus posibilidades y sus limitaciones. Cuando decimos "todos los involucrados" estamos afirmando que siempre son más de uno y de diferente índole, aun cuando se trate de un proceso de aprendizaje individual o solitario. Cuando decimos marco de aprendizaje nos referimos al contexto conformado por las otras personas, los objetos de conocimiento, sus aprendizajes previos, sus deseos, sus intenciones, sus aspiraciones, sus necesidades, sus intereses, el entorno, los métodos, las técnicas, los recursos, los aprendizajes logrados, la propuesta educativa, el proceso de aprendizaje... integrados en un todo, aportando cada uno su especificidad, aprovechando su potencialidad, recurriendo a lo necesario de ellos para obtener los resultados deseados. Cabe aquí una aclaración. Frente a una misma propuesta de aprendizaje, el tipo de vínculo y de comunicación que cada uno establece no sólo depende de cada persona; cada sociedad y cada comunidad, a partir de sus particulares formas de relacionarse, de manejar los liderazgos, los sistemas de comunicación, sus códigos, sus lenguajes, sus valores, en consecuencia su cultura, promueve ciertos tipos de vínculos entre sus miembros: de confianza o de desconfianza, de solidaridad o de competencia, de placer o de sufrimiento. En muchos casos hasta puede llegar a promover formas contradictorias de relación entre las personas: socialmente se proclama el valor de la solidaridad pero se gratifica a quien no lo practica o se afirma el valor de la honestidad pero no se castiga al deshonesto.

Por lo tanto, aquéllos que son responsables de la planificación y conducción del proceso educacional deberían: · tener una concepción explícita de la relación e incidencia que existe entre los estilos vinculares y los modelos de comunicación, por un lado, y el proceso educacional que se genera, por el otro · analizar sus propios estilos, los que ponen en juego en sus relaciones cotidianas, tendiendo a lograr la coherencia entre "sus comportamientos y actitudes" y "su discurso" · conocer los estilos de los destinatarios del proceso educacional que conducen y promueven para poder actuar con y sobre ellos · conocer los estilos vigentes y predominantes del espacio educativo en el que trabajan y de la sociedad, para incorporarlos y lograr una inserción activa, crítica y promotora de modificaciones · plantear como parte de los objetivos propios del proceso educacional las actitudes y aptitudes respecto de la comunicación y de los vínculos de todos los allí involucrados Esto se refleja, por ejemplo, en la relación pedagógica (entre el que aprende y el que enseña; entre el que aprende y los medios de aprendizaje...) en la que ambos polos deberían insertarse desde una relación igualitaria, no por el saber o por el status que cada uno tenga, sino por la condición humana desde donde lo hacen, siendo éste el valor fundamental y sustentador del proceso. 2. El Sujeto de la Educación En el capítulo anterior decíamos que un proceso que merezca ser denominado educacional requiere que todos los sujetos sean protagonistas activos del proceso en que se involucran, para que realmente sea conciente e intencional. Para comprender quién es el sujeto de la educación debemos utilizar varios niveles de análisis: · todas las personas que comparten simultáneamente un momento vital e histórico son los sujetos potenciales de la educación en una sociedad · cada una de estas personas experimenta su propio proceso educacional · cada uno de estos procesos educacionales es propio e individual, es un proceso compuesto a su vez de diferentes procesos educacionales que se realizan en diferentes ámbitos y espacios (familiar, sistema educativo formal, trabajo, recreación, educación no sistemática, etc.), muchos coexistentes, a los cuales el sujeto unifica en sí mismo, resignificándolos, integrándolos en su desarrollo como sujeto ¿Qué significa ser protagonista activo? · desde su propia mirada: el sujeto, se responsabiliza y compromete con su proceso educativo, en constante relación con los otros sujetos, con los saberes, con los objetos y con su contexto; acciona, interviene, reflexiona, analiza, crea, recrea, incorpora... construye su espacio vital en una continua implicancia entre su recuerdo del pasado y su proyección hacia el futuro. · desde la de aquéllos con quienes los comparte: no es considerado como un receptor o destinatario de acciones de otros sino como parte interviniente, a partir de sus intereses, de su compromiso, respetado en sus opiniones y decisiones El ser protagonista activo no se traduce en una única manera de comportarse: depende de tantos factores como los que intervienen en el proceso educativo. No participamos de la misma forma, ni en lo cuantitativo ni en lo cualitativo, durante la primera infancia que durante cada una de las otras etapas evolutivas que vivimos; no participamos desde el mismo lugar en distintos ámbitos educativos; no participamos exclusivamente en procesos educativos. Pero todos ellos contribuyen a construir nuestro espacio vital.

Educación (última edición 2008-05-24 20:07:04 efectuada por localhost)